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Reseña de «Circe»

«Circe» pertenece a la corriente literaria que estamos viviendo actualmente (con la que no podría estar más encantado) que está revisitando los mitos antiguos, ya sea para darnos otra versión, o para relatarnos el mito una vez más con un toque más literario o para trasladar dicho al presente y ofrecernos un relato que cae en el pujante género de la fantasía urbana. En este caso, Madeline Miller se pone en la piel de Circe, la archiconocida hechicera que todos conocemos por su presencia en el mito de Odiseo y va más allá, dándonos su propia versión del mito. Sabemos que Circe era una bruja poderosa, que convertía a los marineros que llegaban a su isla en cerdos, y que hizo falta intervención divina, por parte de Hermes, para resistir su encantamiento, pero su historia acaba ahí. ¿Por qué estaba la hija del titán del sol en una isla? ¿Por qué solo aparece una vez? ¿Qué relación tenía con sus parientes divinos? ¿Y con los otros dioses? En esta obra, Madeline intenta contestar estas preguntas.

Este retelling del mito de Circe se remonta al nacimiento de la propia hechicera. Madeline nos cuenta como Helios, el titan del sol, y Perseis, una ninfa del océano, se casaron y tuvieron cuatro hijos: Pasifae, Perses, Circe y Eetes. Circe es descrita como la más insignificante de los cuatro hijos, que no había terminado de heredar ninguna de las cualidades de sus padres. Aun siendo una niña inmortal, no tenía ni los poderes de su padre ni la belleza o cualidades de su madre ninfa. Tampoco tenía con sus hermanos la relación que tenían Pasifae y Perses entre sí, y, hasta que no nació Eetes, Circe vivió sola en el palacio de su padre, rodeada de gente y aislada al mismo tiempo. El hecho de ser la hija de un poderoso titán, pero no tener ni siquiera belleza como para poder ofrecérsela a otro dios en matrimonio hacían de Circe una especie de deshonra, y las cosas no hicieron sino complicarse cuando Circe descubrió lo que podía hacer.

Circe nunca había tenido habilidades divinas. Era inmortal, no enfermaba, sus heridas sanaban rápido, pero no podía controlar los elementos, o volar, o hacer crecer las plantas o controlar el curso de los ríos. No obstante, gracias a su abuela, descubrió que podía usar poderes a los que otros no tenían acceso. Quisieron las moiras que Circe encontrase el moly, una hierba de flores blancas y raíces negras que, en sus manos, hacía que la persona que ingiriese esta flor o se bañase con su savia adoptase su auténtica forma. Usando el poder del moly, Circe fue capaz de convertir a un humano que amaba, Glauco, en un dios marino, y a la preciosa ninfa Escila en el monstruo de doce cabezas monstruosas que más tarde aparecería en el mito de Odiseo. Pharkamis, hechicera: ese fue el nombre con el que designaron a la gente como Circe o sus hermanos. Seres que tenían acceso a poderes que no eran ni divinos ni humanos. Sin embargo, sus hermanos, salvo Eetes, no tenían un don tan fuerte como Circe. El descubrimiento de sus poderes puso nerviosos a titanes y dioses por igual. Circe, aun en shock por lo que le había hecho a Escila, no era consciente de cómo alguien tan simple e insignificante como era ella a sus ojos, había puesto en alerta al propio Zeus.

Como castigo por ese despliegue de poder, Circe fue desterrada a la isla de Ea, a vivir sola para siempre. Hasta el abandono por parte de su padre fue un acto político de los titanes hacia los dioses, al proveer a Circe de una prisión llena de comodidades. Sin embargo, fue en aquella isla, en aquella prisión, que por primera vez Circe se sintió en casa. No solo cobró conciencia de lo que podía hacer, sino que empezó a desarrollar sus dones. Mezclas de hierbas que para otros serían hojas machacadas permitían a Circe transformar a otros seres, domar animales salvajes, crear ilusiones o mantener a raya a los olímpicos. Según se desarrollaban sus dotes como hechicera lo hacía también su poder y su fuerza de voluntad, uno de los motores de sus hechizos.

Pero no todo es dulce en la historia de Circe. Aun siendo una bruja poderosa, Circe era ingenua. Se había criado en un palacio, cubierta con el manto de invisibilidad que le daba su insignificancia, pero protegida por el aura de su padre. En la soledad de su isla, Circe descubre lo que unos marineros pueden llegar a hacer cuando se encuentran a una mujer sola en una isla y descubren que no es ni una diosa ni alguien a quien crean que deban temer.

Las circunstancias quieren que Circe aprenda también lo que es el amor, y lo que es enamorarse de cosas perecederas, como lo son los humanos.

En general, he disfrutado mucho esta historia, y es que pertenece a un género y trata un tema que a mí me gustan, como es la mitología griega.  La autora ha sido bastante fiel a la documentación que podemos encontrar de Circe, por lo que la obra contiene un valor didáctico real, y sobre esta veracidad nos aporta elementos que, si bien no se mencionan explícitamente en los mitos, es fácil imaginarlos como parte de estos, como es el proceso de aprendizaje de Circe, cómo desarrolla el arte de la brujería, etc. Es una lectura muy ligera, con un final medio abierto, pero que se disfruta mucho y se puede leer rápido, si bien, como ya he dicho alguna vez en libros de este tipo, se disfruta algo más si además se tiene cierto conocimiento previo de mitología. Aun así, si te gusta el drama y temas como la brujería, este libro es muy recomendable para ti.


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José María García García | Uses Font-Awesome and Bootstrap | Icons made by Freepik from www.flaticon.com is licensed by CC 3.0 BY